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¿Modelo westfaliano o postwestfaliano?

"En 1648, el Tratado de Westfalia dio origen a un sistema basado en el Estado-nación, en el que "el Estado, y no el imperio, la dinastía o la confesión religiosa, se afirmaba como el elemento constitutivo del orden europeo".

El concepto de modelo westfaliano sigue siendo ampliamente utilizado como referencia en ciencia política en los países germánicos y nórdicos, mucho menos en Francia, donde el modelo de Estado-nación se considera un tabú que sería eterno y no podría cuestionarse. Sin embargo, sólo apareció en el siglo XVII y durante mucho más tiempo se han utilizado o reclamado otras formas de organización, como hizo Victor Hugo en su famoso discurso de 1848 sobre "los Estados Unidos de Europa".

El final de la Segunda Guerra Mundial vio surgir, gracias al genio de los Padres Fundadores, y en particular al pragmatismo y la visión de Jean Monnet, otro modelo basado en las "solidaridades de hecho" y el "bien común" que va más allá del modelo westfaliano al establecer comunidades de pueblos, si bien circunscritas en ámbitos muy concretos como el carbón y el acero, la energía atómica, el mercado común, la política agrícola, etc. Las comunidades de Jean Monnet van más allá del modelo westfaliano de Estados nación que pueden formar alianzas entre sí. Por primera vez, Europa experimenta una nueva forma de organización que une a pueblos de diferentes naciones de forma voluntaria y democrática. Es lo que Barbara Matta, estudiante de máster en la Universidad italiana de Bolonia, llama un modelo "postwestfaliano".

La agresión de Rusia contra Ucrania el 24 de febrero de 2022 puso cruelmente de manifiesto la debilidad de la construcción europea en materia militar, lastrada por el fracaso en 1954 ante la Asamblea Nacional francesa del proyecto de Comunidad Europea de Defensa, apoyado en particular por Jean Monnet. La OTAN aparece muy claramente como la única organización de defensa europea, como ha dicho recientemente la Primera Ministra finlandesa, Sanna Marin: "Europa no es lo bastante fuerte".
Desde 1954, ha habido varios intentos de crear un sistema europeo de defensa, generalmente sobre una base intergubernamental, y con el Tratado de Lisboa se creó la Política Europea Común de Seguridad y Defensa (PCSD), que sigue sujeta a la regla de la unanimidad entre los Estados miembros y a la sola iniciativa de éstos. Por tanto, sigue siendo un instrumento "westfaliano", aunque se consulte al Parlamento Europeo y participe directamente el Alto Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad.

La Asociación Jean Monnet está muy agradecida a la Sra. Matta por demostrar en su artículo los límites del modelo westfaliano (diríamos de la Asociación Jean Monnet intergubernamental) y reclamar el estudio de un modelo comunitario o "postwestfaliano" (diríamos del método "Monnet") para que la Unión Europea pueda dotarse por fin de una política de defensa común a la altura de los peligros y desafíos actuales. La conferencia del día 20 nos permitirá exponer los problemas y los posibles hitos.

Henri Malosse

Presidente del Comité Directivo de la Asociación Jean Monnet

La Unión Europea postwestfaliana atrapada en el espacio paneuropeo westfaliano

Estudiar

Barbara MATTA

para la Asociación Jean Monnet

Introducción

"La paz mundial no puede salvaguardarse sin esfuerzos creativos a la altura de los peligros que la amenazan.[1]

Tras la Segunda Guerra Mundial, el proceso de integración europea marcó un importante punto de inflexión tanto en la historia de los europeos como en la concepción de la seguridad. La miseria y las penurias compartidas, y un sentimiento común de responsabilidad por la guerra que había abrasado física y psicológicamente el continente, desencadenaron de repente un catártico proceso de pacificación.[2] La guerra, instrumento tradicional de la política nacional, ya no es aceptable. Mediante un proceso común de securitización, la guerra y el nacionalismo se convirtieron en las nuevas amenazas existenciales para la propia supervivencia de la civilización europea.
De hecho, "en su manifestación más temprana, el proyecto europeo era explícitamente un proyecto de seguridad".[3] Un proyecto para construir la paz sustituyendo la política de poder por la cooperación y la gobernanza internacionales. La Declaración Schuman (1950) y el Tratado de París (1952) introdujeron narrativas y prácticas poswestfalianas que condujeron al fin del conflicto transfronterizo entre Francia y Alemania, al desmantelamiento del sistema de Estados-nación soberanos y al desarrollo de una nueva identidad europea.
Además, el proceso de integración ha resuelto las tensiones entre los Estados europeos y ha creado una comunidad de seguridad, un espacio en el que "los conflictos se resuelven por medios pacíficos".[4] Aunque el proyecto europeo marcó el primer paso hacia un nuevo orden postwestfaliano y demostró a los estudiosos realistas que los regímenes solucionan la anarquía sistémica, en realidad, la Comunidad Europea, y más tarde la Unión, ha luchado por afirmarse y actuar como actor de seguridad. Este artículo mostrará y analizará las razones de la inhibición europea en el ámbito de la seguridad. Argumentará que el Ser Europeo, es decir, la identidad postwestfaliana de la UE, está amenazada por tres fuerzas westfalianas, a saber, los Estados miembros, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y las amenazas tradicionales.
Estas fuerzas generan un entorno hostil al desarrollo del proyecto postwestfaliano, hacen que la UE sea ontológicamente insegura y obstaculizan sus intentos de actuar como actor de seguridad.

En primer lugar, el artículo dilucidará la diferencia entre el orden westfaliano y el postwestfaliano reconstruyendo la evolución del sistema europeo. El segundo apartado analizará el desarrollo histórico de la dimensión exterior europea, mostrando por qué la idea europea fue, desde el principio, una gran estrategia de seguridad por derecho propio.

Por último, presentará dos supuestos teóricos fundamentales necesarios para comprender la orientación de este análisis. Los tres párrafos siguientes exponen el argumento central, centrándose respectivamente en la naturaleza westfaliana de los estados, la OTAN y las amenazas tradicionales. Por último, en un intento de aplicar el método de la Comunidad Jean Monnet, el documento especulará sobre las posibles formas en que la UE podría reforzar su papel como actor de seguridad al tiempo que renueva y preserva el impulso postwestfaliano.

 

Del "mundo hobbesiano" a la paz kantiana

En 1648, el Tratado de Westfalia dio lugar a un sistema basado en el Estado-nación, en el que "el Estado, y no el imperio, la dinastía o la confesión religiosa, se afirmaba como el elemento constitutivo del orden europeo"[5]. El Estado de Westfalia se ha definido comúnmente en la literatura académica como un Estado-nación soberano con el monopolio de la fuerza sobre un territorio reconocido. Mediante el acuerdo de Westfalia, los Estados aceptaron reconocer la legitimidad e independencia de los demás y se convirtieron en ciudadanos internacionales responsables de su política, religión y cultura.[6].6 Tres años dedicados a contemplar el nuevo sistema europeo llevaron a Thomas Hobbes a publicar Leviatán en 1651. Según el precursor de la tradición realista de las relaciones internacionales, con la creación del Estado de Westfalia, los seres humanos habían abandonado definitivamente el "estado de naturaleza", caracterizado por la perpetua condición de "guerra de todos contra todos", para convertirse en ciudadanos del Leviatán.

Aunque el monopolio de la fuerza permitió al Leviatán superar el miedo a la muerte violenta y a la guerra dentro de las fronteras nacionales, el principio rector en el ámbito internacional siguió siendo la anarquía. La ausencia de una fuerza supranacional con el monopolio del poder internacional hizo que la guerra no sólo fuera inevitable, sino también necesaria para preservar la soberanía de los Estados. De hecho, según Henry Kissinger, "la Paz de Westfalia, en su práctica inicial, implantó un mundo hobbesiano"[7].
A principios del siglo XVIII, Jean-Jacques Rousseau introdujo la idea de que los Estados europeos podían superar la anarquía creando una Europa republicana unida. Esta idea fue retomada y desarrollada posteriormente por Immanuel Kant en Hacia la paz perpetua. En su panfleto filosófico, Kant aboga por la constitución de una federación europea de Estados republicanos como resultado de un proceso de pacificación gradual[8]. Consideraba que la federación de estados libres y la abolición de los ejércitos permanentes eran pasos necesarios para garantizar el fin de todas las hostilidades. El filósofo de la Ilustración previó el desarrollo del primer sistema postwestfaliano, regido por el derecho cosmopolita e impulsado por el espíritu del comercio[9].
La idea de la paz perpetua permaneció confinada durante otro siglo, luchando por sobrevivir a las acusaciones de utopía. Sin embargo, tras el final de la Primera Guerra Mundial, el temor a que "el continente quedara desgarrado por luchas internas nacionalistas" llevó a muchos intelectuales y políticos a reevaluar la "idea europea".[10]. En este contexto, Aristide Briand en Francia, Richard Coudenhove-Kalergi en Austria y Lord Lothian en Gran Bretaña transformaron las ideas de Kant en un proyecto político, sentando las bases del movimiento federalista europeo.
Mientras que, por un lado, la Segunda Guerra Mundial obstaculizó y retrasó el avance del proyecto europeo, por otro, fortaleció el movimiento federalista e hizo imperativo que los países europeos escaparan del orden "centrado en el Estado, orientado a la soberanía y territorialmente delimitado" e idearan un nuevo sistema europeo post-Westfalia.[11].

Altiero Spinelli, uno de los principales teóricos del federalismo europeo, consideraba que el Estado nación soberano era la mayor amenaza para la paz y la seguridad europeas. Los Estados-nación tienden naturalmente a ampliar sus fronteras para legitimar su poder y reforzar su posición en la escena internacional. Dado que un Estado sólo puede alcanzar este objetivo mediante la guerra contra otros países, la propia existencia del Estado-nación es en sí misma una fuente de inestabilidad.[12]. Fue el deseo de hacer que la guerra entre Francia y Alemania fuera "no sólo impensable, sino materialmente imposible" lo que llevó a Jean Monnet a concebir la primera Comunidad Europea. El Tratado de París, que dio origen a la Comunidad Europea del Carbón y del Acero en 1952, marcó la primera etapa del proceso de integración europea y el desmantelamiento del sistema de Westfalia. Los seis países europeos fundadores decidieron voluntariamente limitar su soberanía y transferir parte de su poder a una nueva Alta Autoridad supranacional[13]. Sustituyen la guerra por instrumentos de poder blando y neutralizan la anarquía con la gobernanza multinivel.

 

Evolución histórica de la dimensión exterior europea

Antes de Maastricht

Según varios estudiosos, el Tratado constitutivo de la Comunidad Europea de Defensa (CED) puede considerarse el primer intento concreto de desarrollar la dimensión exterior europea. Este artículo discrepa de este argumento y adopta una perspectiva diferente. La puesta en común supranacional de la producción franco-alemana de carbón y acero con la creación de la CECA fue algo más que un acuerdo económico. Representaba una oportunidad para no repetir los errores del pasado y construir un nuevo futuro. Cuando Jean Monnet imaginó por primera vez el Plan Schuman, escribió en una nota personal que antes de que los gobiernos europeos pudieran siquiera hablar de la reconstrucción de posguerra y del futuro de Europa, tenían que abordar el problema de la guerra[14].

El estallido de la guerra total, sólo veinte años después de la carnicería de la Primera Guerra Mundial, demostró finalmente que un tratado de paz tradicional no bastaba para preservar la paz. La búsqueda de una solución alternativa llevó a Jean Monnet a hacer posible lo imposible, a encontrar un instrumento que pudiera resolver la tensión internacional sin entrar en una nueva guerra. La CECA era esa solución. El instrumento era de naturaleza económica, pero los intereses y expectativas subyacentes a su realización eran políticos y estratégicos.
Era demasiado pronto para una unión política, pero había llegado el momento de iniciar un proceso gradual de integración basado en la confianza, la solidaridad y una fuerte interdependencia.
En todos los países europeos, el miedo a una nueva guerra era más fuerte que la anarquía.
Desencadenó fuerzas centrípetas que hicieron posible la cooperación y el diálogo pacífico entre potencias rivales. Además, el proceso de descolonización y la aparición de las dos superpotencias dejaron a los Estados-nación europeos en una posición muy vulnerable en la escena internacional. Por lo tanto, puede afirmarse que la CECA creó una dimensión exterior europea de dos maneras paralelas. En primer lugar, hizo materialmente imposible la guerra en Europa Occidental al neutralizar cualquier amenaza tradicional desde el interior. Por ejemplo, como una amenaza potencial sólo podía venir de fuera de la comunidad europea de seguridad y la seguridad de un miembro empezó a depender de la de los demás, se hizo más apropiado hablar de seguridad y defensa europeas que nacionales. En segundo lugar, la CECA permitió a las potencias europeas reforzarse mutuamente presentándose unidas en la escena internacional. Paralelamente a las negociaciones que desembocaron en el Tratado de París, los seis países fundadores discutían la creación de un ejército europeo integrado como solución para permitir el rearme controlado de Alemania Occidental y reforzar el Pacto Atlántico. La propuesta llegó con el Plan Pleven, presentado en 1950 por el Primer Ministro francés. Tras sólo dos años de negociaciones, Francia, Alemania Occidental, Italia y los países del Benelux firmaron el Tratado constitutivo de la Comunidad Europea de Defensa. Desde el punto de vista alemán, el proceso de integración pretendía absorber la soberanía estatal en el sector de la defensa, y para los italianos era una oportunidad de establecer una comunidad política supranacional.

Sin embargo, a finales de 1954, la Asamblea francesa se negó a ratificar el tratado, poniendo así fin a la creación de una unión política y al refuerzo de la dimensión exterior y de defensa.
De las cenizas de la CED nació la Unión Europea Occidental (UEO) como solución alternativa, menos ambiciosa, para permitir el rearme de Alemania Occidental en un marco multilateral europeo. Lejos de sostener que el intento de crear la CED no fue un paso importante, su fracaso y los resultados que siguieron pueden considerarse más un efecto indirecto que un desbordamiento del proceso de integración. Si, por un lado, la CECA plantó las semillas para el desarrollo de la dimensión exterior europea, por otro, el fracaso de la CED puso de manifiesto la incapacidad de los Seis Internos para ir más allá de Westfalia.

La tensión entre Westfalia y la post-Westfalia también puede apreciarse en la colisión entre posiciones intergubernamentales y supranacionales, que condujo al fracaso del segundo intento de desarrollar la cooperación política y reforzar la seguridad común de los Estados miembros[15].

Los planes Fouchet presentados a principios de los años sesenta reflejaban el deseo del General Charles de Gaulle de crear una "Europa de las naciones". El Presidente francés presentó el proyecto de una unión política intergubernamental, en la que los Estados nacionales conservaran su plena soberanía y adoptaran sus decisiones por unanimidad. Según Moravcsik, la filosofía del General "se basa en tres ideas fundamentales: nacionalismo, independencia y fuerza militar".[16].
Para De Gaulle, en efecto, "la única Europa posible... es la de los Estados".[17]. El Estado-nación capaz de "contar en los asuntos mundiales y disponer de los medios para defenderse en la lucha despiadada entre naciones".[18]. Los planes Fouchet representaban un peligroso intento de borrar los logros concretos sui generis que hicieron posible la paz perpetua en Europa Occidental y volver al mundo de la geopolítica y el realismo donde la guerra era inevitable. Para evitar la trampa nacionalista, los cinco socios de Francia rechazaron ambos planes y presentaron un tratado alternativo.

La Unión deseada por Alemania Occidental, Italia y los países del Benelux recuerda la federación europea prometida por Monnet y Schuman. Entre otras cosas, pedían instituciones supranacionales fuertes, una política exterior y de defensa común "en el marco de la Alianza Atlántica" y "la introducción progresiva del principio de mayoría en las decisiones del Consejo".[19].
Tras largas negociaciones y varios intentos de compromiso, De Gaulle rechazó la propuesta de sus socios, denunciando el fracaso de la Europa política.[20]. Más tarde, en sus memorias, Monnet se pregunta:

"¿Por qué Francia intentó devolver a un marco intergubernamental lo que ya se había convertido en comunitario?

Para el padre de la CECA, el proyecto posmoderno de integración europea no consistía en formar "coaliciones entre Estados, sino una unión entre pueblos".[21].

De la PESC a la PCSD

Desde la creación de la CECA, la OTAN sigue siendo la principal responsable de la defensa de Europa Occidental. El fracaso de los planes Fouchet en 1963 silenció el debate sobre la seguridad y la defensa europeas, y durante los treinta años siguientes el proceso de integración se limitó a ámbitos políticos de bajo nivel. Sin embargo, es importante destacar que durante estos años la Comunidad Económica Europea desarrolló su dimensión exterior, ejerciendo su influencia a escala internacional y actuando como poder civil, normativo y estructural.
La Comunidad Europea se ha convertido en uno de los principales actores económicos del mundo, capaz de expandirse pacíficamente sin provocar guerras y de influir en las acciones de otros actores internacionales. Sin embargo, no fue hasta el final de la Guerra Fría cuando los Estados miembros reavivaron el debate sobre la seguridad y la defensa.

El Tratado de Maastricht, firmado el 7 de febrero de 1992, dio origen a la Unión y estableció, en su segundo pilar, la Política Exterior y de Seguridad Común (PESC). Sin embargo, lejos de las expectativas iniciales, esta política "no era tan común", ya que el Tratado no hace referencia a instrumentos, actores y presupuesto comunes.[22]. Se trata más bien de una política intergubernamental que "no afecta a la base jurídica existente, a las responsabilidades y competencias de cada Estado miembro en relación con la formulación y ejecución de su política exterior...".[23]. Además, los únicos instrumentos jurídicamente vinculantes, a saber, las decisiones adoptadas por el Consejo Europeo por las que se definen las acciones (artículo 28 del TUE) y las posiciones
(artículo 29 del TUE), se limitan a casos excepcionales y no están sujetas al control jurisdiccional del Tribunal de Justicia. Las mismas consideraciones pueden hacerse con respecto a la Política Común de Seguridad y Defensa (PCSD), formalizada por el Tratado de Lisboa en 2007. Según la declaración franco-británica de Saint-Malo (1998), era imperativo que la Unión Europea desarrollara "una capacidad de acción autónoma, respaldada por fuerzas militares creíbles, los medios para decidir utilizarlas y la voluntad de hacerlo, a fin de responder a las crisis internacionales".[24].
Aunque Stephan Keukeleire y Tom Delreux tienen razón cuando afirman que la PCSD dista mucho de ser "común" y tratarse de "defensa", la política ha introducido dos cláusulas importantes que han reforzado considerablemente la dimensión de seguridad europea. La primera es la cláusula de defensa mutua (artículo 42.7 del TUE), que establece que :

"En caso de ataque armado contra su territorio, los demás Estados miembros tienen la obligación de prestar ayuda y asistencia por todos los medios a su alcance.

El segundo es la cláusula de solidaridad (artículo 222 del TFUE), en virtud de la cual :

"la Unión y sus Estados miembros actuarán conjuntamente con espíritu de solidaridad si un Estado miembro es objeto de un ataque terrorista o víctima de una catástrofe natural o de origen humano[25].

Desde 2003, cuando la UE lanzó sus primeras misiones en Bosnia y Herzegovina, se han llevado a cabo casi 40 operaciones bajo bandera europea. Sin embargo, se ha cuestionado tanto la eficacia como el valor añadido de las operaciones militares y civiles de la PCSD.
Varios investigadores señalan las dificultades a las que se enfrenta la UE para reforzar su autonomía estratégica, mientras que otros destacan sus limitadas capacidades operativas.
A pesar de las incoherencias de los tratados y del éxito cuestionable de las políticas, la UE envía y recibe hoy representantes diplomáticos, celebra acuerdos internacionales, es un importante donante internacional de cooperación al desarrollo y tiene un efecto estabilizador a escala internacional. Además, según Sperling, dos estrategias de seguridad han contribuido a definir la "gran estrategia de seguridad para la gobernanza postwestfaliana".
La Estrategia de Seguridad Exterior (EES), lanzada por Javier Solana en diciembre de 2003, introdujo los principios de multilateralismo efectivo y compromiso preventivo[26]. El segundo es la Estrategia Global de la UE (EUGS) de 2016 de Federica Mogherini, que subraya la importancia de
 asumir la responsabilidad colectiva del papel de Europa en el mundo y reconocer el principio de indivisibilidad de la seguridad[27]. En los párrafos siguientes, este artículo trata de entender si la PESC y la PCSD reflejan la naturaleza europea poswestfaliana y en qué medida, y por qué la UE tiene dificultades para actuar como actor de seguridad.

Dos supuestos básicos

Para entender el siguiente análisis, hay que partir de dos supuestos básicos. En primer lugar, una comprensión más amplia del concepto de seguridad, como sugiere Buzan en People, State and Fear, que considera, además de los aspectos militares, los aspectos medioambientales, económicos, sociales y políticos de la seguridad.[28]. En segundo lugar, el reconocimiento del hecho de la naturaleza sui generis de la UE y de la existencia de una dimensión exterior europea independiente de sus Estados miembros.

Más allá de la seguridad militar

El desarrollo del campo de los estudios de seguridad que se produjo en 1983 con la publicación del libro de Barry Buzan es la clave para entender la peculiaridad de la política exterior europea. Desde principios de la década de 1950, el concepto de seguridad había estado vinculado principalmente a lo que los estudiantes denominaban las cuatro "S": Estado, estrategia, ciencia y statu quo.
Los Estados eran tanto los agentes como los objetos referentes de la seguridad; el uso de la fuerza militar era el único instrumento para contrarrestar las amenazas potenciales; las variables cuantificables y las teorías científicas podían, hasta cierto punto, racionalizar la niebla de la guerra; y puesto que el cambio revolucionario podía significar una pérdida de poder, el "telos" era siempre la preservación del statu quo. En "People, State and Fear", Buzan cuestionó la validez de las cuatro eses. Sostuvo que el aspecto militar o estratégico de la guerra no es suficiente. Sostuvo que la dimensión militar o estratégica es sólo uno de los cinco sectores incluidos en el gran contenedor de los estudios sobre seguridad. Identificó nuevos objetos de referencia, como los seres humanos, el medio ambiente, la sociedad y la economía, y nuevos agentes de seguridad, como las organizaciones internacionales y las ONG. Su trabajo desencadenó la expansión del concepto de seguridad. Ha surgido un concepto mucho más complejo, que combina las dimensiones militar, económica, política, social y medioambiental y es capaz de captar la complejidad del mundo globalizado. Sin este concepto, es imposible considerar a la Comunidad Europea como un agente de seguridad de pleno derecho. De hecho, desde el principio, la Comunidad se ha ocupado de cuestiones de seguridad social, económica, política y medioambiental sin interferir nunca en la dimensión militar nacional. En particular, desde el punto de vista de la sociedad, la Comunidad Europea, y más tarde la Unión, construyeron gradualmente la confianza y la solidaridad, proporcionaron normas comunes para proteger los derechos de seguridad social y pusieron en marcha estrategias para promover la resiliencia social. El alto nivel de integración en la dimensión económica ha permitido a la Comunidad Europea liderar la reconstrucción de posguerra y la recuperación económica de los Estados miembros. Además, la Comunidad tiene competencia exclusiva en política comercial, lo que la hace plenamente responsable de la seguridad comercial de sus miembros. La Comunidad garantiza la seguridad política, exigiendo instituciones democráticas legítimas como condición necesaria para formar parte de la familia europea. Tanto el informe Willi Birkelbach, adoptado por la Asamblea Parlamentaria Europea en 1962, como los criterios de Copenhague (1993) condenan la inestabilidad política, la corrupción y los regímenes antiliberales que pueden poner en peligro la paz y la estabilidad democráticas de la Comunidad.[29][30]. Por último, desde el primer Programa de Acción Medioambiental de 1973, la Comunidad ha reforzado progresivamente su compromiso de reducir las emisiones y preservar el medio ambiente, asumiendo así el liderazgo en la lucha mundial contra el cambio climático.[31].
Como el sector militar nunca ha estado plenamente integrado e incluido en la dimensión exterior y de seguridad europea y ha seguido siendo competencia de las autoridades nacionales, muchos académicos y responsables políticos no reconocen a la UE como un actor de seguridad de pleno derecho. Sin embargo, este razonamiento también debería aplicarse a los Estados. Dado que los Estados han decidido transferir parte de su poder al ámbito europeo, haciendo a la Comunidad responsable de los problemas económicos, sociales, políticos y medioambientales, no son capaces de garantizar plenamente la seguridad en estos ámbitos.
En este punto, cabe señalar que los Estados-nación decidieron limitar su poder porque se dieron cuenta de que no podían sobrevivir solos en un mundo globalizado. Entonces, ¿por qué el sector militar ha permanecido en manos de los Estados nación? Hay dos explicaciones principales. En primer lugar, la crisis económica y la escasez de alimentos que siguieron al final de la Segunda Guerra Mundial obligaron a los Estados a poner en común sus recursos y trabajar juntos para resolver los problemas sociales, políticos y económicos.
En segundo lugar, la fuerza militar es un elemento definitorio del Estado-nación. Por ello, la transferencia del poder militar a una autoridad supranacional ha sido percibida por los Estados como una pérdida de su razón de ser en la escena internacional.
En resumen, la Comunidad Europea se desarrolló desde el principio como un actor de seguridad sui generis, integrando todos los sectores de seguridad identificados por Buzan, a excepción del sector militar, que permaneció en manos de sus Estados miembros.

Un proyecto de seguridad sui generis

El sistema europeo de seguridad es un sistema de gobernanza de la seguridad. Según Max Webber, "la gobernanza de la seguridad es algo más que un simple reempaquetado de las formas tradicionales de gestión de la seguridad".[32]. Es, de hecho, un "significante del cambio".[33]. La proliferación de la inseguridad resultante de las dos oleadas de globalización y el creciente nivel de interconexión han desencadenado un proceso de profunda transformación que ha ido cambiando gradualmente la naturaleza de la política mundial. La erosión de las fronteras territoriales de los Estados y la compresión del tiempo y el espacio gracias al abaratamiento de los costes de circulación de bienes e ideas han proporcionado un terreno fértil para la aparición de nuevas amenazas (pandemias, terrorismo, delincuencia transnacional, etc.) y nuevos agentes de inseguridad (redes terroristas, piratas informáticos, virus biológicos, etc.). Dado que estos nuevos retos son de naturaleza transnacional e imprevisible, los Estados carecen por sí solos de la capacidad y los medios para defenderse y caen en un estado de ansiedad permanente. Por ello, en un intento de compensar su vulnerabilidad y mejorar su seguridad, los Estados cooperan y coordinan sus acciones, lo que da lugar a un sistema de gobernanza internacional. En un sistema de gobernanza, los Estados no son los únicos actores implicados en el proceso de toma de decisiones. Cooperan con agentes no estatales, incluidos grupos de reflexión, partes interesadas, ONG y empresas, que participan activamente en la "consolidación de una definición colectiva de interés y amenaza".[34].

El sistema de seguridad europeo es el mejor ejemplo existente de gobernanza de la seguridad.
No es "ni un sistema político ni una organización internacional, sino algo intermedio".[35]. Las decisiones son el resultado de un sistema de toma de decisiones de tipo gobernanza, que es multifacético, multiactor, multimétodo y multinivel[36]. Así pues, las políticas resultantes no pueden considerarse el mero resultado de un proceso de toma de decisiones.

Según Keukeleire y Delreux, la política exterior europea es "polifacética" porque tiene cuatro caras, la PESC, la PCSD, la acción exterior y la dimensión exterior de las políticas
Es "multimétodo", ya que se utiliza tanto el método intergubernamental como el de la UE; "multinivel", ya que refleja la conexión e interacción de múltiples niveles de gobernanza y ámbitos políticos. Por lo tanto, las políticas resultantes no pueden considerarse una simple suma de posiciones estatales. Reflejan un mundo complejo e impredecible, en el que diferentes ideas, agendas e intereses confluyen y se fusionan hasta tal punto que resulta difícil aislar y reconocer la posición de un único actor. En resumen, la política exterior europea es la suma de todas las acciones y decisiones políticas que los actores externos e internos reconocen comúnmente como acciones y decisiones europeas y, por tanto, es el resultado del sistema europeo de gobernanza.

 

El carácter westfaliano de los Estados miembros

Según Sperling (2008), el desarrollo del proyecto europeo postwestfaliano ha dado lugar a la aparición de estados postwestfalianos, que se distinguen de los westfalianos por la falta de capacidad para controlar y proteger las fronteras nacionales[37]. Este análisis se distancia de la afirmación de Sperling y sostiene que, aunque los Estados miembros se vieron profundamente afectados por el proceso de integración europea, nunca se convirtieron en Estados poswestfalianos, ya que consiguieron preservar el monopolio de la fuerza y la capacidad de controlar las fronteras nacionales. En consecuencia, la evolución postwestfaliana de Europa modificó la naturaleza del sistema europeo, que pasó de ser un sistema centrado en el Estado a un "orden civil basado en reglas y normas", mientras que la naturaleza de sus Estados miembros siguió siendo esencialmente westfaliana[38]. Toutefois, on peut affirmer que l’évolution de l’environnement international, où de nouveaux acteurs et de nouvelles menaces sont apparus, ainsi que la transformation du paradigme au niveau européen ont sapé non pas l’aptitude mais la capacité des États membres à protéger leur territorialité. Face aux menaces non traditionnelles, notamment les attaques terroristes et les cyberattaques, ou l’utilisation d’armes de destruction massive, qui relèvent de ce que Lind et Thiele appellent la quatrième génération de guerre, les États westphaliens n’ont pas les capacités et les moyens de riposter. Ils continuent à répondre avec des moyens de pouvoir traditionnels et empêchent ainsi l’UE d’agir en tant qu’acteur de sécurité post-westphalien.

Une étude de cas empirique, dans laquelle le conflit entre les natures westphaliennes et post-westphaliennes de l’espace européen émerge, peut être trouvée dans la réponse européenne à la crise migratoire. La migration, considérée dans le récit post-westphalien comme l’une des quatre libertés du marché commun européen, a été abordée pour la première fois comme une crise lorsque, en 2015, plus d’un million de personnes ont fui la guerre en Syrie[39].
Selon Jennifer Mitzen (2018), à l’origine, la stratification des récits et pratiques post-westphaliens a conçu l’Union européenne comme un Homespace, c’est-à-dire un espace où les frontières sont poreuses et traitées comme perméables. De même, en décrivant le récit fondateur de l’UE, Vincent Della Sala affirme qu’il était « agnostique quant au territoire »[40]. En effet, ce que les pères fondateurs avaient à l’esprit dès le départ était la création d’un espace commun sans frontières intérieures et « ouvert à tous les pays désireux de prendre part » au processus d’intégration[41].
Les frontières extérieures n’étaient donc pas fixes et pouvaient changer grâce à la politique d’élargissement, considérée comme une réunification entre pays partageant les mêmes principes et valeurs. Le concept de « Homespace » diffère de celui de Homeland, ce dernier étant conçu comme un « conteneur délimité du soi collectif »[42]. Mitzen affirme que le traité de Maastricht (1992) et, en particulier, le pilier des affaires intérieures et de la justice, a sapé le projet post-westphalien en renforçant le caractère intergouvernemental du processus d’intégration et en institutionnalisant des récits qui décrivent l’Union davantage comme une patrie que comme un espace vital. Lorsque l’afflux de migrants a augmenté, les États membres ont senti leur  » carapace  » menacée et ont montré leur capacité à renforcer et à  » protéger  » leur territoire[43]. En réintroduisant des contrôles aux frontières, les États membres ont sapé la porosité de l’espace vital européen et ont attaqué le récit post-westphalien. Dans un premier temps, ils n’ont pas coopéré entre eux et n’ont pas donné aux institutions européennes la possibilité de faire face à cette situation difficile.
Dans le but de sauver au moins l’espace Schengen, la Commission européenne a entrepris un processus de sécurisation, en publiant le document « Back to Schengen » (2016)[44]. Cependant, le processus de sécurisation que Mitzen appelle  » territorialisation « , introduit des récits néo-westphaliens qui ont affaibli le Soi européen de l’intérieur. Cela ne signifie pas nécessairement que l’Union européenne s’est transformée en une Patrie, bien que si sur une échelle du noir au blanc, le caractère westphalien est noir et le post-westphalien est blanc, en raison de la crise des réfugiés, l’UE est passée d’un gris clair à un gris foncé. Contrainte par cette force interne, représentée par les États membres européens, l’UE s’est vue obligée de s’adapter, en devenant plus westphalienne, afin de survivre.

 

La nature westphalienne de l’OTAN

La deuxième force westphalienne qui empêche l’UE d’agir en tant qu’acteur de sécurité post-westphalien est l’Organisation du traité de l’Atlantique Nord. L’OTAN est d’abord et avant tout une alliance militaire. Elle a été créée en 1949 en tant que branche opérationnelle et militaire de l’Alliance atlantique, et elle est rapidement devenue le « chien de garde » des États-Unis pendant la guerre froide[45] [46]. La première étape concrète du processus d’intégration européenne a été marquée en 1952 par la création de la Communauté européenne du charbon et de l’acier (CECA).
On peut donc dire que ces deux communautés de sécurité ont en commun d’être nées et de s’être développées dans l’ordre libéral occidental dans le contexte historique de la guerre froide.
Toutefois, alors que la CECA était destinée à mettre fin, une fois pour toutes, à la guerre sur le continent européen par des moyens pacifiques, l’OTAN a été conçue pour mener une nouvelle guerre. Selon Sperling, « il existe deux formes concurrentes, qui se chevauchent, de gouvernance de la sécurité européenne : la communauté de sécurité post-westphalienne institutionnalisée dans l’UE ; un arrangement de défense collective qui sous-tend une communauté de sécurité westphalienne institutionnalisée dans l’OTAN »[47]. Le fait que la plupart des membres de l’OTAN sont aussi des pays de l’UE est un facteur important.

L’existence de l’OTAN au sein de l’Union européenne révèle la complexité de la gouvernance de la sécurité européenne et confirme ce qui a déjà été affirmé plus haut concernant la nature westphalienne des États membres européens. Ainsi, l’existence même de l’OTAN démontre qu’en dehors du processus d’intégration européenne, l’espace paneuropéen est resté majoritairement westphalien.

Pendant le conflit idéologique entre les États-Unis et l’Union soviétique, le mandat de l’OTAN était principalement axé sur la défense et la dissuasion. Lorsque la guerre froide a pris fin, l’OTAN a dû se réinventer et s’adapter. Comme l’affirme Thierry Tardy, l’OTAN a traversé à la fois une crise existentielle et une crise de gestion. Crise existentielle car, avec la dissolution de l’URSS, l’OTAN a perdu son objectif de défendre l’Occident contre une menace extérieure perçue. Une crise de gestion, car ses récits et pratiques de base, qui tournaient autour de la défense et de la dissuasion, n’avaient aucune raison d’être mis en œuvre dans l’environnement de l’après-guerre froide[48].
En effet, l’OTAN a introduit le paradigme de la gestion des crises et du renforcement des capacités dans son programme et a adopté une nature multiforme, caractérisée par la coexistence du pompier (la force de gestion des crises), du voisin (le défenseur du discours de paix démocratique) et du leader du séminaire (le gardien du partenariat transatlantique), ainsi que du chien de garde dormant[49].
Toutefois, comme le démontre Charlotte Wagnsson, l’OTAN est restée « étonnamment conservatrice dans le contexte européen »[50]. Par exemple, son traité est resté inchangé et « les caractéristiques essentielles de l’OTAN en tant qu’alliance ont été maintenues », notamment le mécanisme de défense collective établi à l’article 5[51] [52].  Par conséquent, même s’il est vrai que « l’OTAN a des ambitions et se perçoit comme quelque chose de plus » qu’une alliance militaire traditionnelle, il n’en reste pas moins que son « moi » n’a pas réussi à aller au-delà de Westphalie et qu’elle est restée profondément ancrée dans la défense et la dissuasion[53]. La crise ukrainienne (2014) corrobore cette perspective car elle ouvre la voie au processus de « retour aux sources », par lequel l’OTAN a relancé son mandat axé sur la défense. Le fait que les fondamentaux soient toujours les mêmes a été déterminant pour le nouveau changement de paradigme. Si, avant l’annexion de la Crimée, le principal problème concernait le manque de cohésion au sein de l’organisation, le retour d’une Russie agressive et la violation de l’intégrité territoriale d’un État voisin ont redonné à l’OTAN à la fois l’objectif et la légitimité nécessaires pour restaurer son identité[54].  Les derniers événements ont montré comment le retour aux sources de l’OTAN a obligé l’Union européenne à s’adapter et à prendre ses distances par rapport au projet post-westphalien. Par l’approbation du Compas stratégique, l’Union européenne,
 » complémentaire de l’OTAN « , renforce sa politique de sécurité et de défense[55]. L’UE semble avoir oublié son récit fondateur et effacé son projet de sécurité, caractérisé par la résolution des conflits par des « efforts créatifs » pacifiques et sans précédent[56]. Dans son nouveau récit, elle réécrit son passé en affirmant que l’OTAN est et « reste le fondement de la défense collective de ses membres »[57]. Comment est-ce possible si les fondations de l’OTAN et de l’UE étaient autrefois non seulement séparées mais aussi orientées dans des directions différentes ? On peut donc affirmer que, si l’après-guerre froide a été le témoin d’une convergence entre les deux fondations, la résurgence de la Russie a ramené l’OTAN et l’UE à un gris foncé, plus proche de la Westphalie.

 

Face aux menaces westphaliennes

La troisième et dernière force westphalienne peut être trouvée en examinant le spectre des menaces traditionnelles qui continuent à affecter la stabilité de l’ordre européen. Cette analyse portera sur deux menaces traditionnelles auxquelles l’UE est actuellement confrontée : le retour de la politique agressive de la Russie, qui a attaqué le « Moi » européen de l’extérieur, et le sentiment néo-nationaliste croissant qui, par le biais des partis populistes, sape de l’intérieur le récit post-westphalien.

En ce qui concerne le premier point, Viktoria Akchurina et Vincent Della Sala affirment que les récits et pratiques contradictoires prônés par l’UE d’une part et la Russie d’autre part, ont déclenché « un dilemme de sécurité essentiellement ontologique »[58]. Selon eux, « le récit post-territorial et post-souveraineté de l’UE était un moyen de se démarquer de ses États membres mais, ce faisant, il s’est également démarqué du récit fondateur de la Russie, ancré dans l’histoire et les formes épaisses d’appartenance. »[59] Dans l’espace domestique européen, les frontières ont été conçues comme de simples instruments administratifs, dépourvus de toute référence symbolique à l’identité nationale. Au contraire, dans le Monde russe, les frontières sont fixées « là où les gens [russes] vivent », et la « russité », c’est-à-dire l’ensemble des composantes biologiques, ethniques, historiques et nationales du peuple russe, joue un rôle central dans l’identification de ce qui est compris dans le Soi et de ce qui en est exclu[60]. Ces deux identités luttent pour coexister, car leurs récits contradictoires leur font percevoir l’altérité comme une menace existentielle. Par exemple, alors que dans le récit de l’UE, l’élargissement à l’Est est un processus de réunification pacifique entre des pays qui partagent les mêmes valeurs et principes libéraux et sont prêts à accepter l’acquis communautaire, la Russie le perçoit comme une invasion de sa sphère d’influence. De même, l’invasion russe de l’Ukraine, qui, dans le récit russe, est considérée comme une tentative de réunification de « l’espace politique imaginé », est perçue par l’UE comme « la guerre d’agression de la Russie »[61] [62]. Le renoncement à la guerre comme moyen acceptable de résoudre les conflits internationaux et la tentative d’aller au-delà de Westphalie ont fait de l’UE une puissance civile, non préparée et vulnérable face au retour de la guerre sur le continent[63]. Selon Tardy, « des menaces comme celles de la Russie ou d’ISIS montrent à quel point une posture militaire doit être centrale ; comment la dissuasion, ou la coercition, sont indispensables à la préservation de la stabilité », et comment le rôle militaire de l’OTAN dans l’ordre mondial reste crucial[64]. C’est également la raison pour laquelle l’UE s’adapte et se transforme, s’éloignant du projet post-westphalien et ressemblant de plus en plus à l’OTAN.

En ce qui concerne la deuxième menace abordée dans cette analyse, il est nécessaire de comprendre, premièrement, pourquoi le populisme est une menace traditionnelle et, deuxièmement, comment il peut mettre en péril le projet européen post-westphalien. Le populisme est une menace traditionnelle car il canalise le sentiment néo-nationaliste, qui revendique le renforcement des frontières et la valorisation de la dimension nationale. Selon les pères fondateurs, notamment les rédacteurs du Manifeste de Ventotene mais aussi Monnet et Schuman, Adenauer et Spaak, le nationalisme est en soi une menace permanente pour la paix internationale. Le mouvement populiste « fondé sur le racisme, la xénophobie et le nationalisme » vise à réaffirmer une idéologie et un discours qui ont dominé l’ordre étatique westphalien[65]. Le fait que la montée des partis populistes ait un impact négatif sur l’évolution du récit post-westphalien a été démontré par le Brexit. Le populisme crée une fragmentation au sein de l’UE, renforce le gouvernement national et sape le travail des institutions européennes. Enfin, le populisme est l’une des forces qui, lors de la crise migratoire, a œuvré en faveur de la « réintroduction non coordonnée des contrôles nationaux aux frontières » par certains États membres, excluant l’UE de la possibilité d’agir en tant qu’acteur de sécurité[66].

 

Retour aux sources : un nouvel élan pour le processus d’intégration

Depuis la publication de la boussole stratégique européenne le 21 mars 2022, l’Union européenne a commencé à « relever sa posture géopolitique », en annonçant une augmentation conséquente des dépenses de défense et le développement d’une capacité de déploiement rapide de l’UE d’ici 2025[67]. La perspective stratégique qu’offre la Boussole ne renforce toutefois pas l’autonomie stratégique de l’Union et ne préserve pas le noyau post-westphalien de la politique étrangère européenne. Comme l’a souligné Riccardo Perissich, il est difficile de parler d’autonomie stratégique et de crédibilité si l’Union européenne continue de considérer l’OTAN non pas comme un partenaire parmi d’autres, mais comme une « sorte de « meilleur ami » parmi les amis »[68]. Le document ne définit pas la relation entre l’UE et l’OTAN, laissant entendre que rien ne change et que l’OTAN reste le « principal pilier » de la défense de la plupart des États européens. Ainsi, la force d’intervention rapide, qui comprend
5 000 hommes, loin d’accorder une autonomie stratégique à l’UE, n’est pas destinée à remplacer l’OTAN ou intégrer les capacités et les compétences nationales des États membres dans le secteur de la défense. Elle réaffirme plutôt l’importance de l’OTAN au sein de la gouvernance européenne de la sécurité. De plus, le langage géopolitique que l’UE est déterminée à parler vis-à-vis des autres acteurs internationaux, les alliances qu’elle a établies avec ses « partenaires », la plus grande importance accordée à la défense et à la dissuasion, le peu de mots consacrés dans le document aux défis environnementaux et sociaux par rapport aux défis militaires et, enfin, l’accent mis sur la nécessité pour les États membres d’investir davantage dans leur sécurité et leur défense repoussent le projet de sécurité de l’UE vers le noir de Westphalie.

Si le « Compas stratégique » n’est pas le moyen de renforcer la capacité de l’Union européenne à agir comme un acteur de sécurité à part entière, quelles sont les alternatives ? Une option intéressante, fortement soutenue par les fédéralistes et dernièrement par le président français Macron, est la création d’une « véritable armée européenne », telle qu’elle a été conçue par les pères fondateurs dans le traité CED[69]. En 2015, un appel similaire à la création d’une armée européenne a été lancé par Jean-Claude Juncker, alors président de la Commission européenne, par Ursula von der Leyen, qui était à l’époque ministre de la défense de l’Allemagne, puis par la chancelière Merkel[70].
Selon Ursula von der Leyen, « notre avenir en tant qu’Européens se fera à un moment donné avec une armée européenne »[71]. Sous l’administration Trump, alors que l’alliance transatlantique souffrait du multilatéralisme exclusif américain, les pays européens ont commencé à envisager sérieusement la possibilité de s’engager dans une intégration militaire supranationale. La « pression pour augmenter leurs capacités de sécurité indépendantes » s’est estompée de manière exponentielle lorsque Biden est devenu président et que la Russie a adopté une position plus agressive envers l’Occident[72].
L’alliance transatlantique est réapparue plus forte grâce à l’engagement du président Biden en faveur d’un multilatéralisme inclusif, d’une part, et à la menace russe pour la sécurité collective européenne, d’autre part. Bien que l’UE doive faire face à une vaste gamme de difficultés si elle décide d’entreprendre un projet de cette ampleur, notamment le niveau élevé de fragmentation, la nécessité de renforcer le budget européen de la défense, un fort soutien populaire et le développement d’une culture stratégique européenne, l’idée d’une armée européenne comporte également plusieurs aspects et résultats positifs.

En raison du niveau élevé de fragmentation, de la nécessité de renforcer le budget européen de la défense, d’un fort soutien populaire et du développement d’une culture stratégique européenne, l’idée d’une armée européenne présente également plusieurs aspects et résultats positifs. Premièrement, elle accroîtra l’indépendance de l’Europe vis-à-vis de l’OTAN et du partenaire américain en restructurant et en rééquilibrant l’alliance transatlantique. L’alliance transatlantique sera renforcée car les États-Unis seront rejoints et soutenus par un partenaire européen crédible. Deuxièmement, l’intégration des capacités et des moyens militaires, la création d’un budget de défense commun et d’une armée commune placée sous le commandement suprême de l’UE obligeront les États membres à coordonner leurs actions dans le domaine de la sécurité et de la défense. En perdant le monopole de la force et la capacité de contrôler les frontières nationales, les États deviendront probablement plus post-westphaliens. La sécurité de chaque État membre sera renforcée par un appareil militaire plus efficace et mieux préparé, et toute la gamme des défis qui ne peuvent être relevés isolément sera abordée ensemble grâce à un effort commun des États membres. Suivant la méthode communautaire de Jean Monnet, l’armée européenne sera le résultat d’un processus d’intégration supranationale graduelle. En partant du bas, avec l’intégration de l’industrie civile et militaire, le processus conduira progressivement à l’émergence d’une nouvelle Communauté et au remplacement des forces militaires nationales par l’armée européenne commune. Bien que l’option de l’armée européenne commune soit fortement préconisée par de nombreux politiciens et universitaires et qu’elle puisse potentiellement éliminer l’une des forces westphaliennes qui inhibent l’UE dans le domaine de la sécurité, on ne peut affirmer avec certitude que l’UE sera en mesure d’agir en tant qu’acteur mondial de la sécurité post-westphalienne. Premièrement, parce que les autres forces westphaliennes continuent d’exercer une pression sur l’UE. Deuxièmement, l’Union européenne pourrait potentiellement devenir elle-même un acteur westphalien. Dans ce second cas, la force stabilisatrice que l’UE était capable d’exercer au niveau international grâce à sa politique de soft power sera remplacée par un État européen nation fort et puissant parlant le langage de la géopolitique dans un nouveau monde hobbesien.

L’option alternative soutenue dans cet article est le développement d’une Union européenne qui apprend à parler haut et fort le langage de la diplomatie. La création d’une armée européenne commune peut constituer une étape fonctionnaliste intermédiaire dans le processus d’intégration, mais elle ne doit pas devenir l’objectif ultime, qui est l’abolition de toutes les armées permanentes et le développement d’une communauté internationale de sécurité. Dans cette perspective, l’armée européenne commune est fonctionnelle à trois égards. Premièrement, elle pourrait éradiquer l’héritage du paradigme westphalien au sein de l’Union européenne en faisant définitivement entrer les États westphaliens dans la post-modernité. Deuxièmement, elle pourrait redéfinir le partenariat transatlantique de telle sorte que l’OTAN, conçue comme la branche opérationnelle et militaire de l’Alliance, ne sera plus nécessaire et sera transformée en un forum technique international de discussion et de débat. Troisièmement, l’armée européenne pourrait fonctionner comme l’un des instruments permettant de préserver et de défendre l’Europe post-westphalienne contre les menaces westphaliennes traditionnelles, lorsque ces menaces sont des actes d’agression militaire.
En même temps, cependant, l’armée européenne ne peut avoir qu’un petit rôle dans la lutte contre cette troisième force westphalienne. La diplomatie et la résilience, en tant qu’autres instruments du soft power, sont beaucoup plus efficaces à cette fin. Ce qui manque, c’est un plan stratégique européen fort en ambition et en volonté politique, et destiné à être un moteur du changement. Comme le soutenait Paolo Emilio Taviani, sous-secrétaire d’État italien aux affaires étrangères en 1952, lors d’une conférence internationale organisée par la Chambre de commerce de Gênes sur les problèmes économiques de la fédération européenne, « pour construire une Europe unie, il faut une forte volonté politique »[73].

« Chacun travaillant dans son domaine, avec ces tâches respectives, visant le même but, nous aurons bien mérité le mérite de construire l’avenir des générations futures : pour la paix avec la sécurité, pour la liberté avec la dignité, et pour un progrès social durable »[74].

 

Conclusion

La « persistance résiduelle de la norme de souveraineté westphalienne » dans l’espace paneuropéen, où s’est développé le projet européen post-westphalien, « constitue un obstacle permanent à l’obtention de résultats coopératifs dans le domaine de la sécurité, qu’il s’agisse d’une conception large ou étroite. »[75] Comme nous l’avons démontré tout au long de ce document, le bond en avant sans précédent qui, au lendemain de la Seconde Guerre mondiale, a été réalisé par les États européens, en créant une communauté de sécurité post-westphalienne, a été anéanti par un processus d’adaptation, contraint par un environnement hostile et plusieurs contradictions internes. L’UE n’a pas été capable de défendre l’unicité de son identité. Elle a échoué dans la tentative de faire des « efforts créateurs proportionnés aux dangers qui la menacent ». Elle n’a pas non plus réussi à préserver la paix. Telles sont les raisons de l’insécurité ontologique européenne, qui ne peut être résolue que par un retour aux sources ou un nouveau tournant historique. Un effort créatif qui, aujourd’hui, peut aussi être critiqué comme utopique mais qui, à l’avenir, serait qualifié de sui generis.

 


[1] Union européenne, « Déclaration Schuman », (mai 1950).

[2] Richard E. Baldwin, « Sequencing and Depth of Regional Economic Integration : Lessons for the Americas from Europe », (World Economy, 2008), Vol. 31, No 1, p. 6.

[3] Emil Kirchner et James Sperling, « EU security governance », (Manchester : Manchester University Press, 2014), p. 1.

[4] Andrew Cottey, « Security in 21st century Europe », (Houndmills : Palgrave Macmillan, 2013), p. 13.

[5] Henry Kissinger,  » World Order « , (New York : Penguin Books, 2014), p. 26.

[6] Robert H. Jackson, Georg Sørensen et Bozzo, L., « Relazioni internazionali », (Milano : Egea, 2018), pp. 16-17.

[7] Ibid. p. 32.

[8] Maria Grazia Melchionni, « Europa unita, sogno dei saggi », (Venezia : Marsilio, 2021), p. 38.

[9] Emmanuel Kant et Roberto Bordiga,  » Per la pace perpetua « , (Feltrinelli Editore, 2013), p. 47.

[10] Ben Rosamond, « Theories of European integration ». (Basingstoke : Palgrave Macmillan, 2010), p. 21.

[11] Richard Falk, « Revisiting Westphalia, Discovering Post-Westphalia », (Springer, 2002), Vol. 6, No 4, p. 312.

[12] Giuliana Laschi, « Storia dell’integrazione europea », (Firenze : Le Monnier Università, 2021), p. 13.

[13] Union européenne, « Déclaration Schuman », (mai 1950).

[14] Maria Grazia Melchionni, « Europa unita, sogno dei saggi », (Venezia : Marsilio, 2021), p. 233.

[15] « Ressources pour les plans Fouchet – Événements historiques dans le processus d’intégration européenne (1945-2014) », (site Web du CVCE).

[16] Andrew Moravcsik,  » De Gaulle entre le grain et la grandeur : The Political Economy of French EC Policy, 1958-1970″, (Journal of Cold War Studies, 2000), Vol. 2, No 3, p. 8.

[17] Roger Massip, « De Gaulle et l’Europe », (Paris : Flammarion, 1963), p. 147.

[18] Berstein in Andrew Moravcsik,  » De Gaulle entre grain et grandeur : The Political Economy of French EC Policy, 1958-1970″, (Journal of Cold War Studies, 2000), Vol. 2, No 3, p. 11.

[19] « Ressources pour les plans Fouchet – Événements historiques dans le processus d’intégration européenne (1945-2014) », (site Web du CVCE).

[20] Giuliana Laschi, « Storia dell’integrazione europea », (Firenze : Le Monnier Università, 2021), p. 81.

[21] Hungdah SU, « Jean Monnet’s Grand Design for Europe and its Criticism », (Journal of European Integration History, 2009), Vol. 15, No 2, p. 42.

[22] Stephen Keukeleire et Tom Delreux,  » La politique étrangère de l’Union européenne « , (3e édition, Bloomsbury, 2022), p. 168.

[23] « Déclaration 14 », (Journal officiel de l’Union européenne, 2016), C_2016202EN.01034301.xml., eur-lex.europa.eu.

[24] « Déclaration franco-britannique de Saint-Malo », (CVCE.EU, 1998), www.cvce.eu.

[25] « Clause de défense mutuelle », (article 42.7 du TUE).

[26] Spyros Economides et James Sperling, « Les stratégies de sécurité de l’UE : Extending the EU System of Security Governance », (Milton : Taylor and Francis, 2017) ; « European Security Strategy : Une Europe sûre dans un monde meilleur », « Conseil de l’Union européenne, 2009, sur https://www.consilium.europa.eu/media/30823/qc7809568enc.pdf).

[27] « Vision partagée, action commune : Une Europe plus forte Une stratégie globale pour la politique étrangère et de sécurité de l’Union européenne », (2016).

[28] Maciej Stepka, « Identifying Security Logics in the EU Policy Discourse : the ‘migration crisis’ and the EU », (S.L. : Springer Nature, 2022), p. 19.

[29] « Ressources pour la composition – organisations européennes », (site Internet du CVCE)

[30] EUR-Lex, « Critères d’adhésion (critères de Copenhague) » – (EN – EUR-Lex, eur-lex.europa.eu).

[31] « Programme d’action (CECA, Euratom, CEE) en matière d’environnement, 1973-1976 », (Europa.eu., CORDIS | Commission européenne, 2022).

[32] James Sperling, « Handbook of governance and security », (Cheltenham : Edward Elgar, 2014), p. 43.

[33] Levi-Faur in James Sperling,  » Handbook of governance and security « , (Cheltenham : Edward Elgar, 2014), p. 35.

[34] Ibid, p. 25.

[35] Ben Rosamond, « Theories of European integration ». (Basingstoke : Palgrave Macmillan, 2010), p. 110.

[36] Stephen Keukeleire et Tom Delreux, « The Foreign Policy of the European Union », (3e édition. Bloomsbury, 2022).

[37] Emil Kirchner et James Sperling, « EU security governance », (Manchester : Manchester University Press, 2014), p. 3.

[38] Ibid.

[39] Giuliana Laschi, « Storia dell’integrazione europea », (Firenze : Le Monnier Università, 2021), p. 195.

[40] Vincent Della Sala, « Narrating Europe : the EU’s ontological security dilemma », (European Security, 2018), Vol. 27, No 3, p. 270.

[41] Union européenne, « Déclaration Schuman », (mai 1950).

[42] Jennifer Mitzen, 2018).  » Feeling at Home in Europe : Migration, sécurité ontologique et psychologie politique des frontières de l’UE « , vol. 39, n° 6, p. 1376.

[43] Herz in Emil Kirchner et James Sperling, « EU security governance », (Manchester : Manchester University Press, 2014), p. 3.

[44] Michela Ceccorulli,  » Back to Schengen : the collective securitisation of the EU free-border area « , (West European Politics, 2018), Vol. 42, No 2, p. 314.

[45] Charlotte Wagnsson,  » NATO’s role in the Strategic Concept debate : Watchdog, fire-fighter, neighbour or seminar leader ? « , (Coopération et Conflit, 2011), Vol. 46, No 4, p. 482.

[46] Cottey in James Sperling, « Handbook of governance and security », (Cheltenham : Edward Elgar, 2014), p. 214.

[47] Charlotte Wagnsson, James Sperling et Jan Hallenberg, « European security governance : the European Union in a Westphalian world », (Londres : Routledge, 2013), p. 13.

[48] Conférence Dr. Thierry Tardy « L’approche de l’OTAN en matière d’opérations de paix et de consolidation de la paix ».

[49] Charlotte Wagnsson,  » NATO’s role in the Strategic Concept debate : Watchdog, fire-fighter, neighbour or seminar leader ? « , (Coopération et Conflit, 2011), Vol. 46, No 4, p. 285.

[50] Ibid. p. 484.

[51] Cottey in James Sperling, « Handbook of governance and security », (Cheltenham : Edward Elgar, 2014), p. 214.

[52] « Le Traité de l’Atlantique Nord », (OTAN, 1949).

[53] Helene Sjursen,  » On the identity of NATO « . (International Affairs, 2004), Vol. 80, No 4, p. 8.

[54] Conférence Dr. Thierry Tardy « L’approche de l’OTAN en matière d’opérations de paix et de consolidation de la paix ».

[55] Compas stratégique (2022).

[56] Union européenne, « Déclaration Schuman », (mai 1950).

[57] Compas stratégique (2022).

[58] Viktoria Akchurina et Vincent Della Sala,  » Russia, Europe and the Ontological Security Dilemma : Narrating the Emerging Eurasian Space « , (Europe-Asia Studies, 2018), Vol. 70, No 10, p. 1639.

[59] Ibid. p. 1941.

[60] Ibid.

[61] Ibid. p. 1646.

[62] Compas stratégique (2022), p. 14.

[63] Emil Kirchner et James Sperling, « EU security governance », (Manchester : Manchester University Press, 2014), p. 3.

[64] Thierry Tardy, « Les risques d’inadaptation de l’OTAN », (Sécurité européenne, 2020), Vol. 30, No 1, p. 32.

[65] Brent J. Steele et Alexandra Homolar,  » Ontological insecurities and the politics of contemporary populism « , (Cambridge Review of International Affairs, 2019), vol. 32, n° 3, p. 215.

[66] Michela Ceccorulli,  » Back to Schengen : the collective securitisation of the EU free-border area « , (West European Politics, 2018), Vol. 42, No 2, p. 311.

[67] Compas stratégique (2022), p. 6.

[68] Riccardo Perissich, « La boussole stratégique de l’Europe : Merits and Shortcomings », (Istituto Affari Internazionali, 2021), Vol. 21, No 2532-6570, p. 2.

[69] BBC,  » France’s Macron pushes for ‘true European army’ « , (BBC News, 2018).

[70] Sandro Knezović et Marco Esteves Lopes,  » The European army concept – an end-goal or a wake- up call for European security and defence ? « , (Eastern Journal of European Studies, 2020), vol. 11, n° 2, p. 345-346.

[71] Dave Keating, « Juncker calls for an EU army », (POLITICO, 2015).

[72] Maxwell Zhu, « Obstacles à la « véritable armée européenne » de Macron », (Harvard Political Review, 2020).

[73] « Discorso di Paolo Emilio Taviani (Genova, 13 Settembre 1952) », (CVCE, 2012).

[74] Ibid.

[75] Emil Kirchner et James Sperling, « EU security governance », (Manchester : Manchester University Press, 2014), p. 8.

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